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Desde las barrancas hasta la sierra: Expansión del narco en la Alta Tarahumara

 

 

Gabriela Gil Veloz (*)

escrito especialmente para este blog

 

Foto ggvLa Sierra Tarahumara ubicada en el suroeste del estado de Chihuahua, está dividida en dos grandes regiones, la Alta y la Baja Tarahumara. En la Alta, temperatura mínima es de -25° C, se encuentran a alturas de hasta 2,600 msnm. El cerro más alto, el Mohinora mide 3,300 msnm seguido por el Rumúrachi de 2,980 msnm (INEGI, 2010), siendo esta una región fría de bosque templado de coníferas, habitada por rarámuri y mestizos. En cambio, la Baja Tarahumara, donde habitan los rarómari, tepehuanos, pimas, guarojíos y mestizos, las alturas son más bajas, de 500 msnm y las temperaturas más elevadas siendo la máxima hasta de 50° C con un ecosistema de selva baja caducifólia.

Desde los años 70 es sabido que los narcocultivos existen en la Baja Sierra Tarahumara, según misioneros y enfermeras que estuviern en la región, y eso continúa hasta la fecha, en la actualidad ha sido documentado por Ana Paula Pintado (2000 y 2014). El poco acceso a la Baja, los caminos en mal estado, la poca comunicación, la marginación y el aislamiento, son circunstancias que han propiciado que el narcotráfico se instalara en esta zona, además de las condiciones climáticas propicias para el cultivo de marihuana y amapola.

Mapa municipios de la Alta y Baja Tarahumara

Mapa municipios de la Alta y Baja Tarahumara

Por un lado, el narco, ha sido fuente de empleo para cientos de comunidades rarómuri, ya sea por rentar sus tierras (en el mejor de los casos) y/o por trabajar en el cultivo, ya sea sembrando, podando o pizcando. Por otro, también ha sido suficiente motivo de desplazamiento forzado para que cientos de familias que solo buscaban un poco de paz para vivir. Testimonia una misionera que hace 20 años en la Baja Tarahumara: “se fueron a Cerocahui, dejaban todo atrás, tierras y todo por vivir tranquilos. Todos lo sabían pero tema intocable, pues era fuente de trabajo no oficial cuando se terminó el trabajo de la mina”.

Se escucha en la Sierra Tarahumara que son “jales bien pagados”, es decir trabajos bien remunerados, lo que refleja las pobres posibilidades de empleo en la región además de que los pocos empleos que hay —como en los aserraderos— son mal pagados que va desde $75 pesos la jornada hasta $300 pesos, dependiendo de los millares de madera vendidos, lo más común es alrededor del mínimo. Una misionera de la diócesis en la Baja Tarahumara recuerda “el cuidado de la siembra, hace 20 años se las pagaban entre $100 y $200 pesos al día, son 2 mil a la semana, ahora hasta le dan arma y les dan cuotas de alcohol”.

Los tratos con los “sicarios” o con los “chutameros”[1] como les llaman en la Sierra Tarahumara a los dedicados a la comercialización de marihuana y amapola, poco a poco han ido extendiendo terreno, de la Baja, avanzaron a la zona de transición entre la Alta y la Baja Tarahumara, y llegando en los últimos 10 años a la Alta Tarahumara, sobre todo a los municipios de Guachochi y Bocoyna, tanto a comunidades indígenas como a poblaciones mestizas.

Las opciones de vida en la Alta han sido, a principios de siglo básicamente el pastoreo y la agricultura, alrededor de los años de 1920 llegaron los aserraderos que dieron empleo remunerado y se combinaba con las actividades anteriores de autoconsumo, pocos eran los que salían de la sierra. Al irse los aserraderos, los rarámuri empezaron a migrar estacionalmente a las pizcar de manzana a los Campos Menonitas. Estas primeras migraciones les dieron el conocimiento de espacios urbanos y familias enteras migraron definitivamente a trabajar en las ciudades y en los Campos Menonitas, otras más se quedaron en la sierra cultivando su tierra y cuidando sus animales. Las historias reales se componen de combinaciones infinitas con las alternativas descritas. Las nuevas generaciones de jóvenes, comienzan a insertarse en el mercado laboral del narco, ya que han llegado las siembras a la Alta Tarahumara y en algunos casos, es una alternativa para poder quedarse en sus comunidades recibiendo un sueldo.

Además los “sicarios” no son un grupo homogéneo y único, son dos grandes grupos que tienen riñas entre sí de las que cada tanto hacen “ajuste de cuentas”. Mientras un grupo se caracteriza por respetar a la población no involucrada, a mujeres y a niños, la otra no lo hace. Otra de las prácticas de los “chutameros” es que se han ido vivir a algunas comunidades para poder vigilar la siembra, y estar al tanto de la designación del trabajo, trayendo consigo la convivencia del día a día con las comunidades rarámuri, con los mestizos, con los agentes de pastoral, con los que trabajan en ONGs, inyectando un clima de tensión, alerta y temor.

Aquí el testimonio de un sacerdote que desde los años 70 vive en la Alta Tarahumara:

Las problemáticas eran materiales, salud, comida. Antes había unidad, había fiesta, se celebraba la fiesta, no había tanto conflicto con el alcohol, por supuesto nada de droga, ahora ya hay alcohol y droga muy fuerte. Se ha degenerado mucho la comunidad, mucha gente de la comunidad por el alcohol, ya se tienen con mucha facilidad salidas a Cuauhtémoc, los jóvenes, olvidan su espacio, su tierra, sus tradiciones, su estilo de vida o a pesar de que no lo digan vienen y generan mucho conflicto.

Las migraciones antes eran muy pocas, pero eran de ida y vuelta. Iban a la pizca de la manzana y regresaban. Pero no había tantas ausencias como se ve ahora. Ahora no nada más son las pizcas de manzana, son pizca de la hierba, es el trabajo de la droga. Y sobre todo en los jóvenes, que eso es un oropel les brilla tener un arma de alto poder en las manos, el traer un poco de dinero en la bolsa, el llegar a generar miedo, susto, admiración en la gente, el poder ser sujeto tomado en cuenta, porque me respetan a mí y yo les grito y si no me hacen caso, no me obedecen, saco mi cuerno de chivo y los asusto, si no es que los mato.

Una de las mujeres mayores en una de las comunidades de la Alta, refiere cómo desde el uso de sus tierras se vive la reciente llegada de los sicarios a su ranchería:

Vivíamos trabajando, también tenían tierras allá, abajo del arroyo. Ahí tenemos tierra también, ya la arrumbaron, ya nadie fue a sembrar, ya se metieron esos que les dicen sicarios. ¡Ay no! -dice negando con la cabeza y juntando los labios con desaprobación y tristeza- mataron a uno allá en Nanagochi, para el lado de Chomachi, hace poco que lo mataron. En esas tierras luego sembrábamos chícharo y levantábamos haba, es buena tierra, no se helaba ahí.

Otro de los casos de jóvenes que comienzan a trabajar con los sicarios, es que uno de ellos se juntó con una muchacha y se fueron a vivir a la casa de él, se metió a trabajar con los “chutameros” y no lo dejaron regresar a su comunidad hasta 3 años después. Su joven esposa llegó a un acuerdo con sus suegros “si no regresa, yo me voy con mis papás”. De esta manera, las familias se reconfiguran alrededor de este contexto social.

La problemática es que ante la vulnerabilidad social, la falta de empleo, la necesidad de migrar a las ciudades, la mejor opción comienza a ser trabajar con los “chutameros”, que si bien dan empleo, consigo traen una cultura de violencia que se inserta en las comunidades, ya que al trabajar con ellos, les dan armas, les pagan con alcohol y/o cocaína, trayendo una cultura de miedo y violencia a la vida cotidiana de las comunidades, llevando a sustituir el tesgüino —bebida tradicional de maíz nacido— por alcohol de caña. Incluso a proyectar a jóvenes y a niños el deseo de trabajar en el narcotráfico, como podemos ver en el dibujo de “Chucky” en el que se dibujó a él mismo diciendo “así voy a ser de grande”.

Foto “Así voy a ser de grande” Chuky, 16 años.

Foto “Así voy a ser de grande” Chuky, 16 años.

 

[1] Se conoce la marihuana como “chutama”, de ahí viene “chutamero”.

Bibliografía

Gil Veloz, Gabriela

2015a        Lo que el tiempo arrejuntó. Tesis para obtener el grado de Maestra en Antropología Social en CIESAS Sureste.

2015b         Pastoreo, Migración y Narcotráfico: Tres generaciones de empleos en la Alta Sierra Tarahumara. Un análisis de las transiciones del trabajo en los últimos 100 años.

INEGI

2010                                                                                                        http://www.inegi.org.mx/sistemas/olap/proyectos/bd/consulta.asp?p=17118&c=27769&s=est

Pintado, Ana Paula

2000           Extranjeros en su Tierra. La sierra de las mujeres tristes. La Jornada. 24 septiembre 2000. http://www.jornada.unam.mx/2000/09/24/sem-paula.html

2014            El narco entre ficción y realidad. La Jornada. 9 de marzo 2014.                                   http://www.jornada.unam.mx/2014/03/09/sem-paula.htm

(*) Gabriela Gil Veloz, es licenciada en Filosofía y Ciencias Sociales del ITESO y maestra en Antropología Social por el CIESAS Sureste. Ha hecho trabajo de campo en la Sierra Tarahumara y en la Sierra Huichola. En su tesis de licenciatura analiza las relaciones interétnicas entre huicholes y mestizos titulada Casa Huichol: un espacio de intermediación. En la Sierra Tarahumara trabajó en CEDAIN con proyectos productivos y de desarrollo comunitario con artesanas y artesanos rarámuri, coordinó una investigación colectiva sobre el concepto de bienestar para los rarámuri. Su tesis de maestría Lo que el tiempo arrejuntó, es sobre la formación de parejas o arrejuntamientos en tres generaciones en la Alta Tarahumara. Trabajó con protocolos de Atención Prevención Sanción y Erradicación de la violencia de género en el sureste mexicano.

 

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